Este evangelio continúa el relato de los días anteriores y profundiza en lo que significa vivir la Navidad cuando ya no todo es luz y calma. Después del signo del pan compartido y de la multitud saciada, llega la noche, el cansancio y el viento en contra. Así es muchas veces la experiencia creyente: tras momentos de claridad, vuelven la oscuridad y el esfuerzo.
Jesús se separa. Los discípulos suben a la barca solos, mientras Él se retira al monte a orar. No es un abandono, sino un modo distinto de estar. Ellos avanzan en medio del mar, remando con dificultad, sin ver a Jesús, luchando contra fuerzas que no controlan. El evangelio describe con realismo ese cansancio interior que aparece cuando parece que todo depende solo de nuestras fuerzas.
En medio de la noche, Jesús se acerca caminando sobre el mar. Donde ellos ven amenaza, Él camina con firmeza. Donde reina el miedo, Él se hace presencia. Pero no lo reconocen. Piensan que es un fantasma. El miedo distorsiona la mirada, y el corazón cerrado por el cansancio no entiende lo que Dios está haciendo. La palabra de Jesús rompe la noche: ?Ánimo, soy yo, no tengáis miedo?. No es una explicación, es una presencia. Cuando entra en la barca, el viento amaina. No porque desaparezcan todos los problemas, sino porque su cercanía cambia la manera de atravesarlos.
El evangelio termina con una frase dura y honesta: no habían comprendido lo de los panes; tenían la mente embotada. Los discípulos han visto milagros, pero aún no han aprendido a confiar. Este tiempo de Navidad que se va terminando nos recuerda que la fe no crece de golpe. Se va haciendo paso a paso, entre luces y resistencias, entre signos entendidos a medias y miedos que todavía pesan.
Hoy el relato no se cierra con una multitud entusiasmada, sino con una barca frágil en medio del mar y con Jesús dentro. Y eso es suficiente. Porque lo celebrado en estos días de Navidad no promete mares en calma, sino una presencia fiel que no se queda en la orilla. Aunque cueste reconocerlo, aunque el corazón esté lento, Él sigue acercándose, entra en nuestra barca y sostiene el camino incluso cuando aún no lo entendemos todo.